Pensar en Brasil es pensar en playas, una evocación inevitable provocada por los 8 000 kilómetros de litoral.Este país posee la costa tropicalmás grande del mundo: bahías, restingas,barreras de arrecifes, acantilados, cerros cargadosde vegetación y dunas se suceden de nortea sur. Pero muy pocas ciudades, más precisamente sólo tres, combinan playa con historia:Olinda, Salvador de Bahía y Paraty.Llegar a Paraty después de recorrer 260 kilómetros desde Río de Janeiro es dejar atrásel siglo xxi y entrar en un ritmo antiguo, el quese hace de a pie. La circulación de autos está prohibida dentro del casco urbano que comprende unas 30 manzanas. Sus callecitas angostas no son aptas para tacones: piedras irregulares,traicioneras, obligan a mirar para abajoy, así, demorar más de la cuenta para no perder se nada del encanto de esta villa detenidaen el tiempo.El origen de Paraty se remonta a 1667 cuando se separó de su vecino Angra dos Reis y tomóel nombre de su santa patrona, Nossa Senhora dos Remédios de Paraty. Tuvo un pasado próspero, primero gracias a la caña de azúcar—llegó a tener 250 ingenios— y luego debidoal oro y las piedras preciosas que venían desde Minas Gerais y partían desde aquí a Lisboa.

Paraty cayó en el olvido desde 1800 hasta casi 1970, cuando, con la construcción de la autopista Santos-Río de Janeiro, fue redescubierta por los turistas.

 

 

Travesias




 

 

 

Pero, los constantes ataques de piratas obligarona cambiar la ruta, y Paraty cayó en el olvido desde 1800 hasta casi 1970, cuando, con La construcción de la autopista Santos-Río de Janeiro,fue redescubierta por los turistas. Seguramente este letargo involuntário a yudó a su conservación y llevó a que la UNESCO regiona la declarara uno de los conjuntos coloniales más armoniosos. Hileras de casas bajas contechos de teja, paredes blancas con misteriosossímbolos masónicos y puertas y ventanasde colores, todo como recién pintado; combinanlos siglos pasados con una actividad febrilque atrae a cariocas y paulistas que vienena pasar un fin de semana romántico, así comoa viajeros de todas partes del mundo. Se tratade un público exigente, acostumbrado a la buena cocina, hoteles con charme y una propuesta cultural interesante.Da gusto perderse en sus callecitas y entraren cada uno de los más de 30 talleres deartistas y galerías de arte como el de PatriciaSada, originaria de Monterrey, Nuevo León,que llegó a estas costas hace tres décadas como integrante de un grupo de investigación de arquitectura colonial. Sada se enamoro del lugar y se quedó para siempre. Lasobras de Aécio Sarti, con sus figuras duplicadas y sus cuellos Modigliani, invitan a entrar,al igual que las de José Andreas, quien pinta acuarelas de su aldea como postales, olas enigmáticas esculturas de Carlos Pollock,sobrino nieto del genial artista estadounidense Jackson Pollock. La artesanía alcanzala sofisticación y diluye la diferencia entre artistas plásticos y artesanos. Sonia Moreira diseña ropa y bijouterie con fibras, semillasy otros productos naturales del país inspirados en la herencia indígena y africana, y Laise Nascimento talla en maderas regionaladuplilesla gran variedad de peces de la zona. Recanto do Pinto y Armazém Paraty ofrecen hamacas de redes de colores, mantas, piezas de barro y cerámica, objetos de decoración,carteras y bijoux.Los bares y restaurantes compiten en calidady ambientación. En la noche, las mesas copan la calle y de cada local salen estrofas desambas tocadas en vivo. En el restaurante Bananada Terra, la chef Ana Bueno prepara platôs de autor auténticamente brasileños, como el pescado en costra de limón y pimientacon risotto de palmitos o las croquetas de quêso ahumado con banana y panceta y gelatinade pimienta. Refugio, cerca del puerto, prepara exquisitas moquecas baianas, y Punto Divino ofrece una cocina italiana de primer nivel. Cafeteríasy heladerías, como Gelateria Pistache,son el broche dulce para una comida especial.Los helados de frutas locales de Pistacheo un café "pingado" con un toque de cachaçay un bizcocho mineiro provocan ganas de seguir caminando. Todos estos sitios funcionanen casasdel siglo xvii y xviii respetuosamente restauradas en su interior, sin traicionar la arquitecturacolonial.Entre bares y negocios se levantan cuatro iglesias, una pasión portuguesa por domesticar tanta creencia pagana. Nuestra Señorade los Remedios, patrona de la ciudad,de 1787, que antiguamente recibía a los pescadores y campesinos blancos; Nuestra Señoradel Rosario y San Benedicto, de 1725, reservada para los negros; Nuestra Señora delos Dolores, de 1820, levantada para la aristocracia blanca, y Santa Rita, de 1772, abierta para mulatos y libertos. Esta última, con sus dos torres simétricas frente al puerto, es la tarjeta postal de la ciudad.

 

En la villa de Paraty lo común son las calles empedradas, no aptas para tacones.

Junto al puerto está el mercado de pescadores, pequeño y antiguo. Vale la pena madrugar para ver llegar a los pescadores con las redes cargadas.

 

 

Recepcion de La Pousada Casa Turquesa con cuadro al fundo de Tiacho Baenninger

El mar, el mar

En Paraty el mar tiene un protagonismo especial. Las fuerzas gravitacionales y lãs fases de la luna influyen en la marea. Cuando. hay luna llena o nueva, el mar llega a su máxima baja dejando a la vista el fondo, sobre todo cerca del puerto y en las playas Do Pontal y Jabaquara. En esos días, los pescadores y dueños de los barcos de paseo deben trasladar las embarcaciones a sitios más profundos. Y cuando la marea llega a su máximo, el mar invade el centro histórico a través de grandes boquetes en la muralla del puerto y canaletas diseñados especialmente hace varios siglos. Lentamente, el agua sube hasta convertir las callecitas en ríos tranquilos donde lãs paredes blancas y puertas coloridas se reflejan como en un vidrio lustrado. Las casas fueron construidas a 30 centímetros sobre la vereda para que el agua se quede puertas afuera. En mareas altas normales, el agua invade las calles próximas al puerto y el mercado de pescadores. Para esos días, la dueña de Casa Turquesa reserva unas botas en lugar de las ojotas para que sus huéspedes no se pierdan la fiesta de ver a Paraty convertida en una Venecia tropical. En algunas mareas altas muy intensas, todo el centro histórico queda bajo el agua del mar y es común que la gente se desplace entonces en canoas. Y como si el mar y la historia no fueran suficientes, la vegetación depara outra fuente de asombro. El río Perequ bordea uno de los costados del casco histórico.  Después de cruzarlo por un puente peatonal empieza una caminata en subida sobre el Cerro del Fuerte, donde están, precisamente, las ruinas de un antiguo fuerte portugés. Desde lo alto se ve Paraty, como una grulla blanca junto a la bahía. Bajando el cerro está la playa Do Pontal y, tras otra corta caminata, la playa de Jabaquara, donde hay algunos bares. Como compañera omnipresente, la floresta tropical, el potente pulmón verde brasileño con árboles de gran porte y arbustos que albergan un millar de especies de aves y 250 mamíferos. Cuesta imaginar cómoê-Açu sería este gigante verde antes de la llegada de los europeos, cuando ocupaba 15% del territorio de Brasil. El primer árbol se cortó para hacer una cruz y celebrar la primera misa, y luego siguieron con las plantaciones de caña de azúcar y de café que la redujeron a una sombra de lo que fue. Hoy la floresta está protegida dentro de la Reserva Ecológica de Joatinga y ofrece a esta región sur del litoral brasileño um marco inigualable. Progreso o retroceso, la historia no detiene su marcha. Y allí está, entre la vegetación salvaje y el mar, Paraty, un capítulo en La marea de conquistadores y conquistas.

 

 

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